POEMAS E HISTORIAS DE REFLEXIÓN
NUESTRO MIEDO MÁS PROFUNDO
(Our Deepest Fear)
(Pag. 45)
Nuestro miedo más profundo
no es que seamos inadecuados.
Nuestro miedo más profundo es el hecho de que somos poderosos
Nuestro miedo más profundo es el hecho de que somos poderosos
más allá de toda medida.
Es nuestra luz, no nuestra
oscuridad, lo que más nos atemoriza.
Nos preguntamos:
¿Quién soy yo para ser brillante,
elegante, talentoso, extraordinario?
Pero, en realidad, ¿quién
eres tú para no ser así?
De hecho, eres hijo de un
Dios.
Tu pequeñez no le sirve al
mundo.
Desmerecerse para que los
demás no se sientan inseguros a tu lado
en nada tiene que ver con
la Iluminación.
Todos estamos hechos para brillar, como brillan los niños.
Todos estamos hechos para brillar, como brillan los niños.
Nacemos para manifestar la
gloria del Dios que está en nuestro interior.
Y no es que esté solamente
en algunos, está en todos nosotros.
Cuando permitimos que
nuestra propia luz brille,
inconscientemente damos a otros permiso para que brillen también.
inconscientemente damos a otros permiso para que brillen también.
En la medida en que nos
liberamos de nuestros propios miedos
nuestra presencia automáticamente libera a los
demás.
******************************
(Pag. 50)
En una antigua tribu india, un viejo chamán envió a
las altas montañas a un joven introvertido llamado Keya con el encargo de
buscar un nido de águilas. No debía regresar hasta que pudiese volver con un
huevo de águila. El chamán sabía que Keya era un joven inteligente y que tenía
un gran corazón, pero por algún motivo era algo distinto, y los demás se
burlaban de él. Keya había ido perdiendo su confianza y en muchas ocasiones no
se atrevía a hacer las cosas que los demás hacían. Se preocupaba demasiado por
lo que los otros pudiesen pensar y esos miedos lo paralizaban.
Tras varios días de búsqueda, por fin Keya encontró un
nido de águilas y pudo hacerse con el huevo que le había ordenado buscar el
chamán.
Tras su regreso, el sabio chamán puso el huevo en el
corral para que una gallina lo incubase con los demás huevos. En pocos días,
los huevos se abrieron, pero el águila estaba rodeada de pequeños pollitos y
obviamente creyó que era un pequeño pollito más. Pronto, por su aspecto
diferente, los demás pollitos comenzaron a burlarse de ella; los pollitos eran
preciosos y se movían con gracia y rapidez, y el águila, convencida de ser un
pollito, se sentía fea y torpe. Las burlas eran constantes, lo que hizo mella
en su confianza y que creciera llena de inseguridades, pensando que no era lo
suficientemente buena o inteligente, que no era como los demás. No se sentía
integrada ni aceptada.
El águila comenzó a crecer y cada vez fue más fuerte y
esbelta, pero las ya crecidas gallinas seguían despreciándola por ser
diferente, por no ser como las demás. El águila seguía picoteando el suelo,
comiendo y comportándose como siempre habían hecho ellas. Era lo que había
aprendido y ésa era su realidad.
La insatisfacción y el vacío seguían creciendo en su
interior. Sentía que le faltaba algo, que su destino no podía ser pasarse la
vida picoteando el suelo en aquel pequeño corral. Sentía que tenía que haber
algo más.
El chamán mostró el comportamiento del águila al joven
Keya, el cual sufría al ver a la majestuosa águila picoteando el suelo como una
gallina. Fue él quien trajo aquel huevo, sus almas estaban unidas, por ello se
sentía identificado con el águila.
Pero un día, una extraordinaria águila sobrevoló una y
otra vez el poblado. Las gallinas corrieron despavoridas a esconderse. Sin
embargo, la joven águila quedó inmóvil, magnetizada al ver aquel maravilloso
ser volando y surcando los cielos con majestuosidad. Las demás gallinas le
gritaron sin cesar que se escondiera, pero ella permaneció inmóvil ante el
momento más conmovedor de su vida.
Entonces, aquella extraordinaria águila desapareció de
los cielos y la joven águila comenzó a gritar: «¡Yo quiero hacer eso, yo quiero
volar, tengo que intentarlo, yo quiero volar!». En ese momento, pasado el
peligro, todas las gallinas salieron de su escondite y comenzaron a reírse y a
burlarse diciéndole: «Pero si tú eres una gallina, no te hagas ilusiones, tú no
puedes volar, ¿es que crees que tú eres especial, te crees mejor que nosotras?
Deja de soñar y pon los pies en el suelo».
El águila se resignó, agachó la cabeza y dejó que las
demás le robaran sus sueños. No obstante, algo ocurrió en su interior. El
chamán observó todo lo sucedido junto con el joven indio, que sufría al ver al
águila así.
Entonces, el chamán le dijo a Keya: «Ha llegado la
hora». Entró en el corral, puso una capucha al águila, la tomó en sus brazos y
comenzó a caminar junto al joven.
Tras varias horas de largo camino, ambos llegaron a un
conocido y respetado lugar por la tribu. Era el lugar en donde se descubría el
verdadero valor de los guerreros, un impresionante acantilado con las profundas
aguas de un río al fondo. Eran muy pocos los que se atrevían a realizar el
peligroso salto y no todos lo habían logrado.
Se sentaron al borde del impresionante acantilado, las
vistas eran espectaculares, era como estar sentado a la entrada del cielo. En
ese momento, el chamán puso el águila, aún encapuchada, en manos de Keya.
—Tú y esta águila estáis unidos en el alma,
los dos sois muy especiales, ambos habéis sufrido el mismo mal, los dos habéis
escuchado las mismas cosas durante demasiado tiempo, os han atado las alas, han
encadenado vuestras esperanzas e ilusiones, os han querido robar vuestros
sueños. Hasta ahora, tú has vivido preocupado e influenciado por las opiniones
de los demás. A ambos os han inculcado miedos y limitaciones irreales, si bien
ambos teníais la grandeza en vuestro interior, el potencial y la capacidad para
liberaros de las cadenas de las dudas y volar libres de miedos hacia un nuevo y
glorioso horizonte.
»Para ambos ha llegado la hora de dar el salto de la
liberación, el momento de romper las cadenas de todos los miedos y volar libres.
Nunca antes Keya se había acercado al acantilado.
Había escuchado muchas historias al respecto y sabía que eran muy pocos los que
se aventuraban a dar el gran salto. Aquellos que lo lograban eran considerados
héroes y grandes guerreros por su valentía, y eran admirados y respetados por
todos.
—Ahora quiero que te pongas en pie, yo
quitaré la capucha al águila y en ese momento darás un salto y soltarás al
águila al mismo tiempo. Vuestras almas se unirán en ese instante y los dos
volaréis libres para siempre.
Keya sintió algo muy especial. Sintió que era su
momento. Las palabras del chamán encendieron algo en su interior. Confió
plenamente en él, se puso en pie, con el alma en un puño y el corazón latiendo
como jamás antes lo había hecho, respiró profundamente, elevó el águila en sus
manos y dio el paso más importante de su vida. Saltó gritando en una especie de
liberación, empujando al águila hacia el cielo, y mientras Keya volaba hacia su
libertad pudo ver cómo el águila, al mismo tiempo, batía sus majestuosas alas
volando por primera vez.
Keya cayó a las profundas aguas limpiamente y, al
emerger a la superficie, lanzó un grito que atravesó todos los valles: el grito
de la libertad y la liberación de todos sus miedos. Sus límites y sus falsas
creencias quedaron en el fondo del río. En ese momento dejó de ser el joven
inseguro para convertirse en un gran hombre que atravesó la barrera de las
dudas, los límites y los miedos. Se conquistó a sí mismo. Alzó la vista. Su
pecho y el del águila se llenaron de orgullo y alegría, admirando a su alma
gemela surcar el cielo, convirtiendo ambos su sueño en realidad.
******************************
(Pag. 58)
Un buen día dejaron a un cura el cuidado de un niño
durante una tarde; era un niño revoltoso como él solo. Después de un par de
horas, el cura estaba desesperado porque el niño no paraba un instante y se
acercaba la hora del sermón. Como tenía que hacer algo para que estuviese entretenido,
mientras hojeaba una revista se le ocurrió una gran idea: arrancó una hoja de
la revista en la que aparecía un mapamundi, la hizo añicos con cuidado y
entregó los papelitos al niño diciendo:
—Aquí tienes un rompecabezas, es el mapa del
mundo, a ver si para cuando termine el sermón lo tienes montado.
El cura fue a cambiarse convencido de que el pequeño
tendría para unas horas, si es que alguna vez llegaba a terminar el puzle. El
niño miró los trozos de lo que parecía una misión imposible, «arreglar el mundo».
Como los niños son curiosos, se fijó en el reverso de uno de los trozos y vio
que era la cara de una persona. Entonces dio la vuelta a todos los trozos.
Cogió una hoja y sobre ella comenzó a ensamblar aquel rostro desconocido. Cinco
minutos más tarde, la cara estaba perfectamente montada, así que puso otra hoja
encima del rostro y le dio la vuelta.
En eso momento el cura regresó ya preparado para ir a
dar su sermón; tan sólo habían pasado cinco minutos cuando el niño orgulloso le
mostró el mapamundi recompuesto. El párroco, sorprendido, no daba crédito a sus
ojos y le preguntó:
—Pero ¿cómo lo has hecho?¿Cómo has arreglado
el mundo?
A lo que el ingenioso niño respondió:
—No, yo no he arreglado el mundo, eso era muy
difícil, pero vi que detrás había una persona y cuando la persona estuvo bien,
el mundo también lo estuvo.
Ése fue el sermón que dio el cura aquel día: «Cuando tú estás bien el mundo está bien»,
cuando tú estás bien el mundo parece estar mejor, por eso tienes que invertir
en ti, para crecer, aprender y comprender; porque cuando te sientes bien
emocionalmente, te sientes fuerte, con la capacidad para pasar a la acción, te
sientes más seguro ante las situaciones a las cuales has de enfrentarte y más
optimista de cara al futuro.
David comprendió
con esa historia los rápidos cambios que en ocasiones sufrimos en nuestros
sentimientos y se percató de esa realidad tan simple: cuando estamos mejor con
nosotros mismos, vemos nuestro mundo mucho mejor.
Ambos estaban ya
cansados tras una larga jornada, por lo que una vez dicho esto, y con el
beneplácito de David, Joshua decidió dar por finalizado el día. Tras una ligera
cena, David se acostó.
******************************
(Pag. 69)
La historia de Pedro
Un grupo de chavales de entre ocho a diez años estaba
jugando un partido de fútbol. Algunos de los padres seguían atentamente el
partido, hasta que un niño se acercó corriendo para jugar con los demás, pero
algunos lo increparon para que abandonase el campo y les dejara seguir jugando
su partido. Su madre comenzó a gritarle: «¡Pedro, ven aquí, déjales jugar!».
Pedro, apesadumbrado, salió del campo y se sentó en
una esquina ante la vigilante mirada de su madre. Siguió el partido
atentamente, viendo cómo los demás niños se divertían jugando. Iban empatados a
dos, y el partido estaba a punto de finalizar.
No obstante, sus ansias pudieron con él, y Pedro
irrumpió de nuevo en medio del campo. Su madre lo volvió a llamar para que
abandonase el terreno de juego, pero, a pesar de su insistencia, Pedro no le
hizo caso. Los otros niños empezaron a gritarle y a insultarle para que saliese
del campo, hasta que se dieron cuenta de que Pedro era un niño con síndrome de
Down.
En ese instante se hizo el silencio, hasta que Andrés
dijo: «¡Dejadle jugar, va con nuestro equipo!». Todos lo aceptaron sin más.
Andrés era el mejor jugador y tenía una gran influencia en el resto de sus
compañeros. La madre de Pedro le preguntó si estaba seguro de lo que estaba
haciendo, y Andrés le respondió con un rotundo sí.
Pedro comenzó a correr con sus dificultades de un lado
a otro, persiguiendo el balón sin mucho éxito, si bien su cara de felicidad era
absoluta. Su madre estaba nerviosa y encantada de ver que su hijo estaba
disfrutando en aquellos momentos como cualquier otro niño. El partido llegó a
sus últimos minutos y seguían empatados a dos tantos. De repente, el árbitro
pitó un penalti a favor del equipo de Pedro. Andrés colocó el balón y se
dispuso a lanzar el penalti. Sin embargo, en ese momento se acercó hasta el
portero y le susurró algo al oído. Andrés volvió hacia donde estaba el balón,
pero en vez de chutar se dirigió a Pedro y le preguntó: «¿Quieres tirarlo tú?».
Pedro comenzó a gritar y a saltar de alegría. Su madre
no daba crédito a lo que estaba presenciando. Totalmente emocionada se llevó
las manos a la cara, tapándose las lágrimas. Pedro se acercó al balón, chutó
con toda la ilusión del mundo y tan fuerte quiso golpearlo que a punto estuvo
de no darle. Cuando el portero vio hacia qué lado se dirigía la pelota, éste se
tiró hacia el lado contrario y el balón entró en la portería, marcando el gol
que significaba el 3 a 2. Sus compañeros comenzaron a vitorear el nombre de
Pedro, celebrando el gol. Todos lo abrazaron; se convirtió en el héroe del
partido. Sus compañeros y los niños del equipo contrario que se unieron al
grupo, lo llevaron a hombros hasta donde se encontraba su madre. Con los brazos
en alto, mirando al cielo, Pedro no dejaba de gritar emocionado: «¡He metido un
gol!, ¡he metido un gol!, mamá, ¡he metido un gol y hemos ganado!». Hasta Tuto salió corriendo hacia los niños atraído por
esa energía. Probablemente para esa madre fue el momento mágico más conmovedor
que vivió con su hijo.
Los padres de los demás niños y todas las personas que
presenciaron aquel maravilloso suceso estaban en pie, aplaudiendo emocionados y
orgullosos por ese gesto de bondad, de comprensión, de amor y de generosidad.
La madre de Pedro se acercó hasta Andrés, artífice del
extraordinario gesto. La mujer no podía articular palabra. Entre lágrimas de
felicidad, tan sólo pudo decir un entrecortado y emotivo: «Gracias».
David cerró el
libro y se quedó mirando las tapas. Se puso a reflexionar en silencio, con una
sensación extraña en su cuerpo, que no sabía cómo describir; son esas
agradables vibraciones que nacen de la inspiración.
******************************
(Pag. 87)
A continuación,
Joshua dictó a David su definición de cada una de esas siete palabras:
1. Pensamientos: la clave y el inicio de
todo.
2. Enfoque: es aquello a lo que
consciente o inconscientemente dirigimos y prestamos más atención en nuestra
mente. Nuestra energía emocional se centra en aquello en que nuestra mente
ocupa más tiempo.
3. Emociones: son el resultado de
nuestros pensamientos, sentimos como pensamos. Dependiendo de a qué prestemos
más atención y adónde dirigimos nuestros pensamientos, así serán nuestros
sentimientos.
4. Expectativas: son las creencias; si
creo que puedo o no puedo lograr algo, la fe o las dudas, la confianza o los
miedos. Todos ellas son el filtro de la percepción de nuestra realidad, el cual
determina y condiciona nuestras acciones.
5. Actitudes: la calidad y la
percepción de esas expectativas y creencias establece nuestra actitud, la cual
transmite esa energía a nuestros comportamientos.
6. Acciones: la calidad de nuestras
acciones está determinada por nuestra actitud. Cuando estamos seguros de algo o
tenemos buenas expectativas, cuando creemos que un proyecto va a salir bien y
estamos convencidos de ello, esa energía nos infunde y transmite una plena
confianza.
7. Resultados: la calidad de los resultados
se basa en la calidad de las acciones, que determinan nuestros pensamientos,
las creencias y las expectativas. Cuando los pensamientos son los correctos, el
resto fluye con la energía correcta, propiciando los resultados que deseamos.
******************************
(Pag. 89)
El sufí Bayazid dice acerca de sí mismo:
De joven yo era un revolucionario y mi oración
consistía en decir a Dios: «Señor, dame fuerzas para cambiar el mundo».
A medida que fui haciéndome adulto y caí en la cuenta
de que me había pasado media vida sin haber logrado cambiar a una sola alma,
transformé mi oración y comencé a decir: «Señor, dame la gracia de transformar
a cuantos entren en contacto conmigo. Aunque sólo sea a mi familia y a mis
amigos. Con eso me doy por satisfecho».
Ahora, que soy un viejo y tengo los días contados, he
empezado a comprender lo estúpido que he sido. Mi única oración es la
siguiente: «Señor, dame la gracia de cambiarme a mí mismo». Si yo hubiera orado
de ese modo desde el principio, no habría malgastado mi vida.
Todo el mundo piensa en cambiar a la humanidad. Casi
nadie en cambiarse a sí mismo.
******************************
(Pag. 109)
Encontrar
el propósito
Cuentan que en la guerra de los Balcanes un grupo de
refugiados, junto con dos soldados, huía de la zona de conflicto hacia la frontera,
en busca de tierras más seguras. Cuando pasaron por un pueblo totalmente
arrasado, de repente una joven salió corriendo de las ruinas de una casa
pidiendo ayuda.
Entre las ruinas permanecían escondidos un anciano que
protegía un bebé de tan sólo tres meses y a un niño de ocho años. La joven,
Jelena, preguntó si todos ellos podían unirse al grupo de refugiados.
Cuando los dos soldados vieron al anciano pensaron que
les podría retrasar mucho, lo que podía ser peligroso para todos. Tras meditar
sobre la situación, los soldados finalmente aceptaron que se unieran al grupo
con una condición: les ayudarían con su bebé, pero tanto ella como el anciano y
el niño tendrían que valerse por sí mismos.
Calculaban que en cuatro días lograrían alcanzar una
región segura. A duras penas, el anciano mantuvo el ritmo durante los dos
primeros días. Pero al tercer día su espíritu comenzó a abandonarle, empezó a
pensar que ya no podía más, que no merecía la pena sufrir tanto, que ya no
tenía sentido seguir luchando, hasta que al final de ese tercer día el anciano,
exhausto, cayó al suelo.
Acudieron a ayudarle, pero su frágil espíritu lo había
abandonado y su dolorido cuerpo había renunciado a seguir. Por mucho que
quisieron ayudarle, él ya no estaba dispuesto a ayudarse a sí mismo. Decidió
abandonar y convenció a todos para que siguieran sin él, ya que, si lo
esperaban, podía ser peligroso. El anciano había decidido que ya había vivido
lo suficiente. Quería que le dejaran descansar para morir en paz. Jelena hizo
todo lo posible para convencerlo de que hiciera un último esfuerzo, lloró
desgarradamente, le imploró con todas sus fuerzas. Pero a pesar de todos sus
ruegos el anciano ya se había dado por vencido.
La cruel situación no era agradable para nadie; tenían
que tomar una decisión, no podían cargar con él. Pero tampoco podían esperarle.
El sonido de la guerra retumbaba en la lejanía. Finalmente no hubo otra opción;
reiniciaron la marcha abandonando al anciano al amparo de unas frías y húmedas
rocas.
Todos comenzaron a caminar alejándose del pobre
anciano, pero de repente Jelena volvió hacia atrás con su bebé, lo puso en
brazos del anciano y, con la mayor determinación imaginable, lo miró a los ojos
y le dijo: «Es tu nieto, ahora es tu responsabilidad, y su vida depende de ti».
Jelena tragó saliva, con el corazón encogido se dio la
vuelta y comenzó a caminar para alcanzar al grupo. Su padre comenzó a llamarla,
pero Jelena en ningún momento miró hacia atrás, no quería darle la oportunidad
de sentir lástima de sí mismo. La joven alcanzó al grupo y siguió caminando,
hasta que finalmente miró atrás. Su anciano padre se había levantado y caminaba
lentamente con su nieto en sus brazos, en dirección al grupo.
******************************
(Pag. 172)
La perseverancia
En un frío día de invierno, un joven cachorro se alejó
demasiado de la granja en la que vivía al perseguir las pocas hojas que el
invierno aún no se había llevado. Revoloteando y bailando a impulsos del
viento, las hojas hipnotizaron al joven cachorro, que continuó alejándose cada
vez más y más sin darse cuenta.
La nieve lo cubría todo; el viento comenzó a soplar
cada vez más fuerte mientras una nueva tormenta se acercaba. El cachorro
comenzó a sentir el frío y decidió volver a casa, pero al mirar alrededor sólo
vio que un gran manto de nieve lo rodeaba.
Comenzó a correr desesperadamente, aunque en la
dirección equivocada. El miedo se apoderó de él. Hasta que encontró un camino
que siguió con ahínco. La nieve comenzó a caer y la noche acechaba. Finalmente
vio unas luces que lo llenaron de esperanza. Llegó a una gasolinera, que en ese
momento cerraba. Al acercarse con toda la inocencia y la ilusión a la persona
que en ese instante se marchaba, ésta le dio una gran patada.
Era su primera patada; nunca antes le habían dado una,
nunca antes lo habían rechazado así. El dolor era intenso, pero más aún el
miedo, la incomprensión y la soledad que en ese momento sentía.
Perdido y aturdido comenzó a pensar en su amada
granja, pensó en su familia y en el calor del hogar, comenzó a soñar. Ese sueño
y esa visión le hicieron volver a recuperar la esperanza. Aunque dolorido,
empezó a recorrer otro camino. La noche ya era cerrada, la nieve caía
incesantemente y el frío aumentaba. Exhausto, cuando estaba a punto de darse
por vencido, volvió a ver unas luces a lo lejos. Su corazón rebosó nuevamente
de esperanza.
Sucio, helado, empapado, llegó a una granja, se acercó
a ella. Y con toda la ilusión del mundo comenzó a arañar la puerta con la
esperanza de recibir el cariño y calor que tanto anhelaba. Un hombre enorme se
acercó a la puerta ante sus insistentes ladridos y arañazos. Al verlo, el
desconocido le propinó otra patada que lo desplazó por los aires.
El pobre cachorro no entendía nada; cojeando y
encogido por el intenso dolor, buscó refugio bajo unos arbustos. La
desesperación y no entender por qué lo trataban de esa forma, le dolían más que
aquellas patadas. Su mundo se vino abajo por completo. Tiritando por el intenso
frío y el dolor, sintió que ya nada merecía la pena, pensó que ésa sería su
última noche.
Inesperadamente, el día amaneció despejado, y el
cachorro había sobrevivido a la fría y larga noche a la intemperie. Con todo el
dolor, sus miedos y sus dudas, se armó de coraje para acercarse nuevamente a la
casa. En vez de ladrar y arañar la puerta, miró por la ventana y vio a unos
niños jugando junto al cálido fuego de la chimenea.
El cachorro pensó entonces que si pudiese entrar con
los niños, seguro que lo aceptarían y podría jugar con ellos, y encontraría
calor y comida. Reunió valor una vez más, llegó hasta la puerta y levantó la
pata para comenzar a arañar la madera y convertir su sueño en realidad. Pero en
ese momento las dudas asaltaron su mente. Se acordó de las dos patadas del día
anterior y del enorme dolor que había sufrido, los miedos se le infiltraron por
las grietas causadas por la duda, y las expectativas negativas se apoderaron de
él. El recuerdo de esas patadas y de esos rechazos fue más grande que su sueño;
las traidoras voces del miedo lo paralizaron, convenciéndolo de que no merecía
la pena seguir luchando por su sueño.
Se dio la vuelta, cabizbajo, con la mirada en el
suelo, y volvió a su refugio bajo los arbustos. No dejó de pensar en aquellas
patadas, en los problemas. Se olvidó de su sueño hasta que finalmente,
aletargado por el frío, el cachorro se quedó dormido y nunca más volvió a
despertar.
******************************
(Pag. 175)
Mi tesoro
A pesar de las
desgarradoras circunstancias y de los golpes recibidos,
A pesar del dolor
infligido hasta las profundidades del alma, Aplastado por los acontecimientos y
los avatares de la vida, Desde lo más hondo de mi corazón me niego a abandonar
y permanecer en el suelo.
Puede que me llamen iluso,
puede que me llamen loco y no esté cuerdo, Con la incertidumbre, los miedos y
las sombras de la duda por compañeros.
Sin importar cuántas veces
me caiga o me tiren,
Miraré al frente, me
levantaré y seguiré caminando en busca de mi sueño. Podrán despojarme de todo,
menos de mi libertad interior y de mi espíritu. Puedo perder mis bienes, pero
jamás me podrán arrebatar mi patrimonio,
Que son mi honor, mi
dignidad y mis sueños, mi verdadero tesoro.
******************************
(Pag. 184 - 185)
David extrajo la carta y comenzó a leerla.
Querido David:
Todo tiene un porqué y puede que lo que a continuación
te voy a pedir, te sorprenda o contraríe e incluso no lo quieras hacer. Sin
embargo, en la vida, como bien sabes por experiencia propia, en ocasiones nos
vemos enfrentados a situaciones en las que tenemos que hacer cosas que no
queremos hacer, y en este caso, a pesar de que pueda ser duro o no lo
comprendas, necesito que confíes en mí una última vez.
Durante todo este tiempo has podido descubrir al
causante de la mayoría de los males, el motivo que nos impide progresar en la
vida: ¡los miedos! Has podido averiguar cuáles son, de dónde y por qué surgen,
y cómo superarlos. Ahora ha llegado el momento de despedirte de ellos, para que
nunca más te hagan dudar, ni te puedan impedir alcanzar aquello a lo que
aspiras.
Quiero pedirte que, tras mi incineración, lances mis
cenizas en el mismo lugar del accidente y que allí celebres una breve ceremonia,
siguiendo las indicaciones que aquí te entrego.
El corazón de
David se aceleró al recordar aquel lugar y lo ocurrido allí. Sin embargo,
Joshua lo tenía todo planificado y sabía perfectamente lo que estaba haciendo:
quería estar seguro de que David superaba completamente sus miedos, su pasado y
el dramático momento que desmoronó su vida, y sabía mejor que nadie que para
superar los miedos es fundamental enfrentarse a ellos y a aquellas situaciones
que nos han frenado en la vida.
Cuando terminó de
leer la carta miró nuevamente a Joshua, aunque su espíritu estaba ya en algún
otro lugar. Permaneció a su lado durante un largo tiempo, agradeciéndole todo
lo que había hecho por él y reflexionando sobre cómo había logrado cambiar sus
creencias, transformar su interior y su vida para siempre.
Ni por un instante
dudó en llevar a cabo al pie de la letra las últimas instrucciones de Joshua.
LA DESPEDIDA
Tras la emotiva
ceremonia de despedida y su incineración, David realizó todos los preparativos
necesarios para cumplir el último deseo de Joshua.
Era la mejor época
del año para escalar, por lo que fue sencillo unirse a una de las expediciones
que intentaban alcanzar la cumbre. Sin demora se puso en marcha, aunque esta
vez la cumbre no era su propósito, sino volver al mismo lugar y enfrentarse a
la dramática situación que dio un vuelco a su vida.
Unos pocos días
después, con toda su equipación y las instrucciones de Joshua, estaba dispuesto
a enfrentarse al pasado y a sus recuerdos. Finalmente llegó hasta el fatídico
lugar que permanecía intacto en su retina, si bien esta vez todas las
sensaciones eran muy distintas: las condiciones eran inmejorables y reinaba un
brillante y precioso cielo azul. Las vistas que antes no había podido ver,
ahora se apreciaban de una forma extraordinaria.
David siguió las
indicaciones de Joshua al pie de la letra, se llevó consigo las hojas de sus
sesiones iniciales, en donde había anotado los miedos que le llegaron a
bloquear totalmente y las falsas creencias y los miedos que alguna vez sintió.
Finalmente llegó hasta la zona en donde había creído tener la vida de Michael
en sus manos. Los recuerdos y las emociones eran muy intensos. A escasos metros
de él se extendía en picado el interminable precipicio.
Sacó todas sus
notas y siguiendo las instrucciones de Joshua, leyó cada uno de los miedos que
había escrito, los miedos que martirizaron su vida y le impidieron crecer, los
miedos que durante tanto tiempo lo paralizaron y le impidieron hacer aquello
que en muchas ocasiones quiso hacer y nunca se atrevió. El miedo al fracaso, al
ridículo, a las dudas sobre sus propias capacidades; el miedo a la soledad, a
la baja autoestima, a no sentirse merecedor, el miedo a no ser suficiente, a no
atreverse a intentarlo por temor a fallar, a no sentirse capaz, la
culpabilidad...
Cada vez que leía
una de las hojas, la aplastaba en sus manos haciendo una bola, la introducía en
la mochila y por cada una de ellas introducía también una piedra.
Cuando terminó de
leer todos los miedos, los miró con desprecio, como al gran enemigo que lo
retuvo en su vida. Ese sentimiento pronto se transformó en incredulidad. No
podía creer que unas falsas creencias creadas en su mente, unos absurdos miedos
psicológicos, pudieran haberle impedido vivir completamente su vida.
Siguiendo las
indicaciones de Joshua ató la mochila con una larga cuerda, que a su vez estaba
atada a su cuerpo, y la lanzó hacia el precipicio con todas sus fuerzas, hasta
que el golpe seco de la cuerda tensa lo desestabilizó, reproduciendo con ello
las emociones de aquel fatídico día. Viejas imágenes pasaron por su mente, si
bien esta vez él tenía el control.
El peso de los
miedos y las falsas creencias tiraban de él. Pero esta vez estaba allí para
despedirse de ellos para siempre. Esta vez no hubo gritos. Se hizo el silencio,
sacó su cuchillo y lo colocó contra la cuerda. Jamás, ni en el más delirante de
sus sueños, imaginó volver a encontrarse en aquel lugar. Alzó su mirada al
cielo y dio las gracias a Joshua, ya que en ese momento comprendió los muchos
motivos por los cuales estaba allí. El peso con todos los miedos seguía
manteniendo la cuerda en tensión, aunque David ya era consciente de que esa
tensión, esos miedos, jamás volverían a apoderarse de él.
Con toda la
seguridad y la determinación que se pueden reunir, cortó la cuerda del pasado y
los miedos, y mientras éstos caían hacia el abismo, sintió que se quitaba un
enorme peso de encima, la gran carga del pasado se transformó en paz y en
seguridad, haciendo emerger firmemente sus nuevas creencias.
Al igual que Keya
y el águila, se liberó de la enorme mochila con la que cargó gran parte de su
vida. En ese momento se sintió poderoso y con un gran propósito. Se sintió más
grande que todos los miedos y capaz de enfrentarse a cualquier situación. Tras
un instante de reflexiones fugaces, sacó la pequeña urna con las cenizas de
Joshua; no pudo evitar las lágrimas pensando en todo lo que había hecho por él.
De algún modo, David sentía que Joshua había dado su vida por salvar la suya y
que ahora, más que nunca, tenía las herramientas y el conocimiento, tenía la
obligación moral de desarrollar todo su potencial, por Michael, por Joshua y
por sí mismo.
Lanzó las cenizas
de Joshua al viento de su querido Himalaya, tal como fue su expreso deseo, y
éstas parecieron dibujar una figura en el aire. En ese instante, David sintió
como si parte de Joshua impregnase su cuerpo, y una enorme paz se apoderó de
él.
Tras unos momentos
de mágico y revitalizador silencio, quedaba leer la última parte de la carta de
Joshua:
Ya puedes volar libre, David, libre e imparable, con
la determinación y la fortaleza mental de saber que has superado lo que
seguramente ha sido la situación más difícil de tu vida.
Ahora inicias una nueva vida, un nuevo capítulo, eres
más fuerte que nunca, tienes la comprensión y eres más poderoso que todos los
miedos. Nada ni nadie puede detenerte, salvo tú mismo. A partir de ahora es el
momento de retarte y de comprobar de qué estás hecho, de desarrollar todo tu
potencial, de sorprenderte a ti mismo y descubrir de lo que eres capaz.
Ten la certeza de que una parte de mí siempre
permanecerá contigo, y de que todo lo que necesitas está ya dentro de ti.
Si levantas la mirada, probablemente verás la larga
estela que algún avión deja a su paso por el cielo azul. Esa estela no tiene
ningún poder, desaparecerá en breve, esa estela no condiciona ni dirige al
avión, es tan sólo el pasado, no determina el destino, ya que en cualquier
momento puede tomar la decisión de cambiar su rumbo y así cambiar su destino.
Ahora es tu turno.
Ahora sabes que tu pasado no determina tu futuro.

No hay comentarios:
Publicar un comentario